Cada estancia es un acuerdo callado
entre distancia y calor, dispuesto
para devolverte a ti mismo.
Para quien cuida su propio
ritmo y decide
no acelerarlo.
Los abetos de la ventana
sostienen la calma. Y el
arroyo de abajo no suena
fuerte: suena firme.
Solo llegar. Y parar.
Los dos. O uno.
En calma entera.